jueves, 2 de julio de 2009

Ideologizados o apolíticos: límites y paradojas...

Ideologizados o apolíticos: límites y paradojas del documental ecuatoriano actual
Por Pablo Mogrovejo*




Se dice que una de las primeras bajas en
cualquier conflicto por el poder, es la verdad.
Este último año político ha marcado un punto
sin retorno para la sociedad ecuatoriana:
al momento de debatir o de obtener
información, ya no se puede contar con los
medios de comunicación convencionales
y sobre todo con la televisión abierta. Tal
como lo sugiere la editorialista del diario El
Telégrafo, Illonka Tillería: “La investigación
y el análisis se quedaron en las gavetas
guardadas de alguna oficina... Y es que las
noticias dejaron de ser eso, noticias, para
convertirse en un género sin sentido, donde
abundan las conjeturas más que los hechos.

Los medios de comunicación no son cucos,
pero les encanta parecerlo”.
Frente a este vacío informativo, el documental
viene a ser el sustituto ideal y privilegiado para
buena parte de los medios convencionales.

Lo que conlleva una enorme responsabilidad
ética y social, la que se perdió de manera
definitiva entre los medios convencionales.
La responsabilidad es mucho más evidente
para los documentales que abordan temas
con una dimensión política en la historia
reciente, que en el caso ecuatoriano es una
tendencia que ha ido más allá de cualquier
expectativa. Y aún cuando este tipo de
producciones están en pleno crecimiento,
por ahora la responsabilidad ética y social
a veces riñe con la mirada política del
realizador, y en otras ocasiones, debe
confrontar las limitaciones endosadas desde
la misma sociedad ecuatoriana.

Al momento de abordar esta dimensión
histórica, la nueva generación de
documentalistas ecuatorianos generalmente
se coloca en las antípodas del universo
ideológico: O se suscriben inequívocamente
a la izquierda militante, o por lo contrario,
adoptan lo que ellos mismo han dado por
denominar como lo apolítico. ¿Puede
un documentalista, tomar una posición
apolítica frente a un tema histórico? Para
Orlando Pérez, periodista de investigación
y editorialista del diario El Telégrafo, lo
apolítico desde el documental es imposible;
“la posición política de un realizador está en
su mirada frente al mundo, frente a la realidad
y no por ello, ésta debe ser abiertamente
militante por una causa o una ideología”. El
peligro de términos, como lo apolítico, está
en la manera que se auto-legitima como algo
objetivo, neutro imparcial, impoluto y hasta
virginal, y por lo tanto, trata de convertirse
en una mirada fiable frente a la historia. En
cierto momento, lo apolítico, ómás allá de
su fiabilidad objetivaó puede ser todo lo
contrario, hasta puede caer en peligrosos
desequilibrios.

En el caso de Alfaro Vive: del sueño al
caos, de la realizadora Isabel Dávalos es
calificada, por sus propios protagonistas,
como la mirada apolítica a la insurgencia
armada de los años ochenta. Orlando
Pérez cree que el relato de Dávalos: “Pone
el peso en el testimonio de un grupo de
miembros de Alfaro Vive, sobre todo en Juan
Cuvi y en Santiago Kingman, dejando un
vacío en el resto de los participantes más
protagónicos del movimiento”. Para Pérez,
documentales como Alfaro Vive: del sueño
al caos y Taromenani, de Carlos Andrés
Vera, “dejan ver entre sus costuras la falta de
investigación, y el equilibrio lógico entre los
distintos puntos de vista que parten de uno
y otro tema”.

La otra antípoda óla de la ideología militanteó
tiene también sus propias limitaciones. Tal
como en otras cinematografías regionales,
el documental ecuatoriano proviene de
una tradición marcada por la etnografía, la
denuncia y la ideología de izquierda.
Aunque la puesta en escena del documental
actual dista mucho de su referente en
los años setenta y ochenta, un grupo de
realizadores locales tienen una relación

muy cercana con su tradición ideológica.
Yanara Guayasamín es tal vez un ejemplo
emblemático en este aspecto. Es, sin duda,
una de las documentalistas más prestigiosas
del panorama mundial, gracias, sobre todo,
a una impecable e inagotable plasticidad
visual y de montaje. Y al mismo tiempo,
como en Cuba: el valor de la utopía,
Yanara Guayasamín toma una posición
abiertamente defensora del régimen
castrista, y esto, a casi veinte años del fin de
la era moderna, aquella, que precisamente
estuvo caracterizada por el sueño de las
utopías. Otros realizadores contemporáneos
y provenientes de la misma tradición, han
logrado un distanciamiento justo con esos
orígenes ideológicos, sin tampoco recurrir
a una posición apolítica. Con El telón de
azúcar, la documentalista cubana Camila
Guzmán logró una obra mucho más crítica
y enriquecedora sobre esa misma Cuba a la
que mira Yanara Guayasamín, aunque desde
lo formal tuviera más limitaciones que la
realizadora ecuatoriana.

La película de Camila Guzmán, tal vez
pueda dar una respuesta a la paradoja que
surge entre lo ideológico y lo apolítico. La
historia de Guzmán está contada en primera
persona, una primera persona distinta a la
de Dávalos en Alfaro Vive: del sueño al
caos; con El telón de azúcar la realizadora
cubana se asume plenamente como la
protagonista de su relato y además, como
el punto convergente de un momento que
al mismo tiempo es político y personal. El
telón de azúcar sugiere la posibilidad de
una diversidad de estilos y de voces, que en
definitiva buscan una revelación, personal
o social, antes que convertirse en el celoso
recuento documental de un fenómeno
histórico.

Finalmente, la producción documental
ecuatoriana, al igual que la de ficción,
ha heredado algunos vicios propios de la
sociedad ecuatoriana. El más grave de ellos
es la falta de una cultura de la crítica y del
debate. No existen revistas o publicaciones
dedicadas al análisis de las producciones
nacionales de reciente estreno.

El concurso del Consejo Nacional de Cinematografía
tampoco asigna premio alguno a esta área,
vital en la construcción y en la madurez de
un audiovisual local. Los foros virtuales,
como Filmecuador, no han logrado alimentar
la cultura de la argumentación, y tienen
una función más interesada en los aspectos
técnicos o logísticos. La sensación es que
Ecuador no se puede hablar de manera
abierta y honesta sobre sus producciones
locales, sin el siempre presente temor a
soliviantar los ánimos más personales.

Los próximos dos años prometen el estreno
de al menos una decena de documentales en
dónde la mirada política de sus realizadores
está en juego. La diversidad y el espíritu
crítico pueden estar amenazados, y lo están
mucho más en una sociedad que se acerca
más a las antípodas de lo ideologizado y de
lo apolítico, en donde las conjeturas, esta
vez, le pueden ganar a la revelación.


*Realizador audiovisual. Director del
largometraje documental Ecuador vs el resto
del mundo y del corto, En primera plana.

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